viernes, mayo 20, 2005

Tres sobre la Costa Brava

Con algo de malhumor encima, nos sentamos a desayunar un café con leche. Son casi las nueve, y pasamos la noche en la playa, muertos de frío. No sé cuanto tiempo hemos, efectivamente, dormido. El café con leche está delicioso, y me alegro, porque no creía que algo pudiera estar delicioso. Hemos dormido poquísimo y, al mismo nivel que el café, está el hecho de que nos sentamos. Ahora yo me dedico a escribir mientras el Turco hace lo propio, rellenando su cuaderno de tips, que hace a la vez de agenda.
En el bar, la gente es principalmente extranjera, y las dos mujeres inglesas de al lado hablan (una le habla a la otra) de una excursión, creo que a una cascada, que parece imperdible. Igual, los turistas siempre dicen estupideces.
El Turco me comenta que la gente chupa a esta hora, “cerveza, cerveza”. Es cierto. Este es el típico bar (quizás un poco mejor) de un típico pueblo turístico del norte de España, cerca de la frontera con Francia. Turismo de cuarta o quinta, asqueroso. Bares chotos, mujeres de cuarenta, franceses y más franceses, discotecas vacías, complejos turísticos de apartamentos, etcétera. Imposible conocer a alguien interesante, para compartir algo.
Encima, el día está nublado y promete lluvia, con lo cual la idea de dormir al sol difícilmente se concrete.
El Turco sigue escribiendo (en un momento había parado) y le pregunto qué. Parece cansado, y no sabe bien que contestarme. “El título es ´marihuana´, pero me fui a cualquier lado”. Su reloj marca las nueve y veintitrés. “¿Está limpio el baño?”, y enfila directo entre la barra y las mesas, con el rollo de papel entero en la mano derecha. En el bar hay cada vez mas gente. Los cuatro que acaban de entrar son españoles, tres chicas y un chico. Pidieron cuatro minis de jamón. A mi me pican muchísimo los pies y los tobillos, ya desde la playa, que estaría llena de pulgas o mosquitos o algo. Las dos inglesas de al lado siguen charlando, y parece que la calladita va ganando algo de terreno, pero pobre, el tono de voz de la otra es más claro, más alto, mas estúpido, y se impone.
Acá a mi derecha, en la mesa, hay una revista elocuente. Foto de tapa: una chica de porte alemán en bikini rojo, atractiva, fondo negro; brazos en alto, ojos cerrados. Titulo: “Arena-Costa Brava”, y mas abajo “Deutsch-Katalanische Zeitung. Revista Catalano-Alemanya”.
Nueve y cuarenta y tres. El Turco volvió del baño, las inglesas se fueron. En quince minutos deberían abrir los supermercados, y éste es un dato útil, puesto que el Turco tiene ganas de un jugo, y yo podría acompañarlo. Lo principal, en estos momentos, es comprar placer. Lo escucho reflexionar un poco sobre las formas y los ámbitos para fumar marihuana, sobre lo positivo que es no tener que ocultarse. Y sobre lo bueno que estaría ir a vivir a un piso con amigos, el año que viene.
Silencio. Se fueron las inglesas. Miro a la calle y sigue nublado. Hay algo de Piriápolis, de Miramar, de Punta y de Mardel.


///

Se está haciendo de noche en Cadaqués. Estamos sentados con el Turco en un bar epicéntrico, en la terraza, frente a la bahía. Concluimos que la felicidad es glandular: con dos cafés con leche y dos sillas (además de las galletitas que hemos sumergido, humedecido y tragado en la clandestinidad) nuestro malhumor (entendible) ha dado paso a la comodidad, un pequeño regocijo pasajero. Nos espera otra noche a la intemperie. El Turco consiguió que le presten dos pulóveres, y puede que lo pasemos un poco mejor que anoche. Puede que no. Cadaqués no me gusta, me siento demasiado marginal. El turismo es bestial, acaparando todos los espacios (por lo menos lo que podemos cubrir el Turco y yo a pie). La cantidad de franceses y, en menor medida, alemanes, circulando en autos y motos a medio metro de nuestra mesa, es increíble y logra malograr lo que nos podría fascinar de este pueblo: la bahía, los barquitos, las casas blancas que en realidad son hoteles blancos, o casas blancas alquiladas por turistas por toda la temporada. Mucho dinero y poca vida real. Por ejemplo, hoy buscábamos un parque para tirarnos a dormir un rato. Preguntamos y preguntamos, pero en Cadaqués no hay parques. Sólo encontramos un poco de verde (alrededor de dieciséis metros cuadrados) con una cerca alrededor. Lo único que hay acá, o lo único que pudimos ver dada nuestra escasa movilidad, fueron playas con piedras y sin arena, turistas e instalaciones para turistas, que encima son achanchados y sin onda, sin nuestra onda, con lo que el tema ´chicas´ viene difícil y no aporta fantasía para sobrellevar el frío y el desamparo que se viene. El Turco me corrige diciendo que él siempre conserva un poco de fantasía. Veremos que pasa. La felicidad glandular se ha evaporado en el viento que ataca.

///

La bahía ya no es la maqueta gris que fue durante el día. Las luces de las casas se encendieron como velas a lo largo del agua, a veces encimadas unas sobre otras cuando la loma de la montaña sube. Cadaqués es ahora una pintura, la postal de un sueño, una pequeña realidad.